Mário Vitória (2013) A liberdade comovendo o povo [tinta da china e acrílico s/papel, 50x65cm]

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Luis Sepúlveda

Francesca Paola Casmiro Gallo
Publicado em 2022-01-06

«Escribo porque creo en la fuerza militante de las palabras».

“Narrar es resistir” repetía a menudo Luis Sepúlveda (1949-2020), escritor y activista chileno, citando al novelista brasileño Guimarães Rosa. Nacido en Ovalle al norte de la capital, creció en Valparaíso cerca de los abuelos paternos, exiliados españoles que habían huido de la dictadura franquista. El abuelo, Gerardo Tapia, anárquico, tan importante en su formación y fuente de inspiración para la actividad literaria futura, tenía un deseo, que un día el nieto conociera el pueblo natal, Martos. Con el acento andaluz, suavizado por los muchos años en tierra chilena, el anciano le leía las aventuras de Don Chisciotte y luego, le compartía lecciones  aprendidas a lo largo de su vida: “Nadie tiene que avergonzarse de ser feliz” (1997:116). Sepúlveda decidió militar pronto en la brigada de jóvenes comunistas “Antonio Gramsci”. Mientras tanto escribía cuentos, poemas y guiones para programas de radionovelas. Pablo de Rokha, poeta nacional de la épica social, después de haber leído algunos versos suyos y aunque fueran pruebas de un principiante, le abrió las puertas de casa para formarlo a la literatura mundial: juntos leyeron las obras de Dante, Melville, Tolstoj, entre tantos.


Después de una breve estancia en Unión Soviética, Sepúlveda se afilió al Partido Socialista, participando en la Unidad Popular, coalición de partidos de izquierda que llevó a la presidencia de la República a Salvador Allende de profesión médico. En más de una ocasión, el intelectual evidenció la línea política de Allende: al no prometer un paraíso socialista en Chile, el presidente invitaba a la población asumir su responsabilidad en la transformación y en la revolución democrática que se estaba haciendo, en aquel momento, con mucho esfuerzo (Sepúlveda y Arpaia, 2007:19). Desempeñándose como guardia personal del presidente (GAP), conoció de cerca la humanidad de Allende, guia electa democráticamente “para que realizara reformas y medidas de justicia inaplazables, para que rescatara nuestras riquezas nacionales de las garras extranjeras” (1979:391), escribió Pablo Neruda. En el sueño colectivo de justicia social que caracterizaba al gobierno de Unidad Popular, Sepúlveda contribuyó, viviendo los miles días más felices de la historia chilena: “Claro que cometimos errores. Éramos autodidactas en la gran tarea de transformar la sociedad chilena. Metimos la pata muchas veces, pero jamás metimos la mano en los bienes del pueblo. Otros conspiraban, nosotros alfabetizamos” (2006:25)1.


El 11 de septiembre de 1973 los militares traicionaron la nación, apoyados por las élites locales y el gobierno estadounidense. Aviones militares y tanques bombardearon el palacio de la Moneda, sede de la presidencia, y Salvador Allende perdió la vida, aún no se sabe con certeza si se suicidó o lo mataron. Su cuerpo fue sepultado deprisa en un lugar secreto. Empezaba la dictadura del General Pinochet, brutal, asesina. Lo primero que hicieron, fue suspender la Constitución vigente (1925) y crear una comisión que redactaría la nueva Carta Constitucional, la cual fue aprobada en 1980. Al respecto, Sepúlveda comentó: “No hay en América Latina otra Constitución hecha para el bienestar de los menos y que desprecie a la mayoría como la chilena” (2020:10).


El intelectual conoció la violencia del régimen como miles de dirigentes estudiantiles, sindicalistas y personas comunes que creían que se podía construir una sociedad igualitaria a través de la democracia. Fue encarcelado por dos años y medio en la prisión de Temuco, igual que su esposa, la poetisa Carmen Yáñez, quien sufrió la misma experiencia en Santiago. De la prisión, salió gracias a la intermediación de Amnesty International. De ahí empezó el largo exilio. Al principio se fue a Argentina, Uruguay, Nicaragua y Ecuador. Entre tantos encuentros y amistades inesperadas, en ese período, el escritor se unió a la Brigada Internacional Simón Bolívar en Nicaragua y después participó en una misión de la UNESCO en Ecuador, la cual investigaba los efectos dañinos de la contaminación para los indígenas Shuar. Sensible a la defensa de la naturaleza, amenazada por la voracidad de la política neoliberal, fue activista de Greenpeace y en sus libros jamás olvidó este compromiso: por ejemplo, dedicó Un viejo que leía novelas de amor (1992) a la memoria de Chico Mendes, defensor de la Amazonia, asesinado por el brazo armado de latifundistas en Brasil.


Recorrió América Latina y luego llegó a Europa. En sus andares en el viejo continente, se estableció en Francia, Alemania y España. En 1986, cuando vivía en Hamburgo, mientras se encontraba en el consulado chileno para renovar el pasaporte, le dieron una noticia: estaba en un listado de 86 exiliados que habían sido privados de la ciudadanía por el régimen de Pinochet. De un momento a otro, se había convertido en un apátrida. Por algunos años, recibió el pasaporte de apátrida, más adelante obtuvo la ciudadanía alemán hasta 2017; sólo en esa fecha, la sanción fue revocada y se le entregó de nuevo el pasaporte chileno. Hace un año, Sepúlveda falleció a causa del coronavirus en la comunidad autónoma de Asturias, en España, su última residencia. Precisamente en Gijón había decidido establecerse, una ciudad que evocaba la belleza áspera del Sur de Chile y las virtudes de los abuelos paternos, la solidaridad y la ternura de la gente humilde, en cuyos habitantes podía verlas encarnadas (2008:121). Recientemente, estuvo analizando el movimiento estudiantil en Chile (2019-2020) que reclamaba una educación pública y una nueva Carta Constitucional. Algunos de estos jóvenes son los nietos de la generación desaparecida y asesinada por la dictadura, cuyo objetivo no era “salvar la patria del comunismo”, en ella había un propósito a largo plazo que se está cumpliendo en la actualidad: “Se trataba de imponer un nuevo modelo económico que a su vez generaría un nuevo modelo de sociedad: la silenciada sociedad que aceptara la precariedad como norma, la ausencia de derechos como regla básica, y una paz social garantizada por la represión” (2020:10).


Su escritura se encuentra entre la prosa testimonial y la creación literaria, ya que el intelectual se dedicó al periodismo y a la literatura, experimentando más géneros: la crónica, la novela policíaca, la fábula para niños y adultos, entre varios. Sin embargo, hay un elemento que une profundamente estos caminos: la defensa de la memoria en un presente que quisiera promover la amnesia en la sociedad chilena e internacional. En Sepúlveda, la memoria es histórica y utópica, tiene alas antiguas, y gracias a ellas se dirige hacia horizontes colectivos. Para sustentar esta llave de lectura, abordaré el pensamiento, el trabajo y las formas de lucha del intelectual, partiendo de dos ejes temáticos que atraviesan su rica producción: primero, la memoria rebelde y el poder de los sueños; segundo, planteo una pregunta epistémica, ¿Qué es la literatura? En la construcción de ambas secciones, voy a evidenciar la relación íntima que existe entre el oficio de la escritura y los contextos históricos en la cual nace y hacia los cuales se compromete. En efecto, ambas dimensiones conservan un vínculo de reciprocidad, se expresan en textos literarios en un sentido estricto y en la actividad periodística. Aquí el oficio de escribir, artesanía de la palabra, es crítico y creador a un tiempo, tiene el poder de visibilizar historias necesarias, nos exhorta a crear sueños de justicia social y comprometernos con ellos, nos deja un mensaje imprescindible en un presente opaco que tiene miedo de los grandes sueños.

 

1. La memoria rebelde y el poder de los sueños
Cuando escribía, tenía el poder de sacar a la luz historias de soñadores que dictadores sin escrúpulos hubieran querido convertir en vacío. Sus escritos se nutren de esta memoria rebelde. En Historias marginales (2008), narra la motivación que lo animó en el trabajo artesanal de la escritura. Durante una visita al campo de concentración nazista en Bergen Belsen, se quedó inmovil ante la incisión grabada en una piedra: “Yo estuve aquí y nadie contará mi historia” (2008:8); ese mensaje anónimo le hizo ver con mayor claridad el papel de su oficio: impedir que el velo del olvido lo cubra. En aquel momento, el escritor imagina ver a soñadores marginales y desaparecidos que habitan sus recuerdos -judios, chilenos, italianos, entre tantas nacionalidades- en el acto de proteger del polvo, es decir, de la amnesia colectiva, la incisión. Son manos valientes que piden la práctica ética y política de la narración: contar las historias de quienes construyeron, hasta el último anhelo de vida, sueños compartidos. El narrador, entonces, deja que su cuerpo se convierta en tierra fértil, de ahí brotan rostros que el poder político actual quisiera negar, memorias necesarias para indicarnos el camino: “De la gente del sur del mundo aprendí que la ternura hay que protegerla con dureza y que el dolor no puede paralizarnos” (2008:142).
Por medio de la narración como práctica liberadora, regresan a vivir el maestro Carlos Gálvez, exiliado chileno en Alemania, cuyo hijo no sobrevivió al golpe militar, y al pesar de la lejanía, en las noches, el anciano soñaba con el antiguo salón de clase (2008:147-149); aquí aparece Don Giuseppe, genovés que llegó a Argentina por error y al final se estableció para siempre, y el día de hoy el “Tano”, apodo amigable que se utiliza para indicar a los italianos, turbado por las leyes xenófobas de la Italia actual hacia los migrantes, se queda sin palabras al enterarse de una legislación que rechaza la historia de su país, tierra de emigrantes (2008: 65-68). Como vemos, hay un vínculo de reciprocidad entre la memoria y los sueños. Cuando el escritor militaba en la brigada de jóvenes comunistas, conoció al poeta español, Marcos Ana, republicano. Después de veinticinco años de cárcel por haberse opuesto a la dictadura de Franco, al llegar a Chile el poeta conservaba aún sueños florecientes, el dictador no había podido tocarlos: “(...) Será, me pregunto/ que todavía no entienden/ que encarcelaron al hombre/ porque no fueron capaces/ del asalto exitoso/ al fuerte de sus sueños/ que le hace soñar con mayor fuerza” (Marcos Ana en Sepúlveda, 2020:43).


En su poética y vida, la práctica de soñar es necesaria, significa concebir y crear utopías firmes contra la opresión y para la justicia social: “Mis sueños son irrenunciables, son tercos, porfiados, resistentes, y se anteponen al horror de la pesadilla dictatorial” (2020:40). Hablando desde la historia chilena, hace poco, el intelectual aclaró su sueño mayor: ver al pueblo chileno construir una paz social auténtica, donde los asesinos reciban el justo castigo y se descubra, finalmente, los lugares en donde sepultaron aquellos que fueron asesinado porqué realizaron un sueño de humanidad, así las heridas de la incertidumbre serían curadas por “el bálsamo de la justicia” y se podrá continuar a sembrar y construir sueños colectivos (2020:52).

 

2. ¿Qué es la literatura?
Es una pregunta que atraviesa la experiencia literaria y humana del intelectual, cuya respuesta vino de una conversación con Goyito, un anciano pescador de Cuba, “uno de los pocos hombres a salvo de la canalla mundial, porque siempre llevaba consigo una herramienta portátil que le permitía reconocer a los amigos y a los enemigos de la literatura” (2002:96)2. Cerca del mar, Goyito le compartió su pensamiento sobre la literatura: “Es usar bien las palabras, dejarlas ser libres y honestas, porque las palabras quieren ser libres y honestas” (ídem:97). A casi cien años cumplidos, Goyito se fue de este mundo con su herramienta portátil: la lectura atenta de escritores y escritoras que se dedicaron a visibilizar realidades sumergidas, sembrando palabras y conciencia como brújulas para el futuro. En la actualidad, las palabras vagan por cada rincón del mundo, pocos las escuchan, los poderosos las quieren pervertir para alcanzar sus logros -que se vuelvan vacías- dicen ellos; por eso, el dia de hoy, es tan importante cuidar la herramienta portátil de Goyito, brújula crítica y abierta que nos ayuda a reconocer los amigos y enemigos de la humanidad (ídem:102).

 

Al final de los años noventa, participó en la discusión sobre la impunidad en Chile: Pinochet, más de una vez, estuvo a punto de ser detenido por el delito de genocidio al haber pisoteado sistematicamente los derechos humanos de ciudadanos chilenos, españoles y de ascendencia italiana. En 1998, cuando el ex-dictador se encontraba en Londres para someterse a una operación médica, el juez español Baltasar Garzón expidió una orden de detención en su contra; por la edad avanzada y algunos problemas de salud, Pinochet regresó a Chile, pero, durante los últimos años, vivió bajo arresto domiciliario. Frente a esos acontecimientos, Sepúlveda planteó que no se podía construir una verdadera democracia chilena sin el enjuiciamiento de Pinochet y de los otros criminales a su servicio. Se opuso a la amnesia nacional fomentada por un segundo Chile, aquello de los vencedores, de quienes contrajeron beneficios de la desaparición de tres mil personas (1973-1990) en un país donde los derechos sociales y sindicales fueron conculcados y, fácilmente, se podía ser encarcelados o desaparecer (2002:34). En 2019, ante las movilizaciones estudiantiles que exigían una educación pública y de calidad, ya que desde el golpe se había implementado una línea económica neoliberal y cada ámbito de la vida había sido privatizado incluso el agua, Sepúlveda subrayó la legitimidad de los manifestantes al pedir una nueva Constitución y un modelo económico humano (2020:12).
Es una literatura fértil, contaminada de realidades y tejida con sabiduría, en donde la conciencia histórica y la palabra se unen, aquí un artículo de periódico puede tener el mismo valor literario de una novela. Posiblemente, esta cualidad caracteriza toda experiencia literaria clásica, es decir, aquellas obras que serán transmitidas a las nuevas generaciones y sus creadores seguirán narrando a pesar de la muerte física. El escritor cultiva el recuerdo de quienes construyeron, con la paciencia del artesano, sueños colectivos y al mismo tiempo, invita a crear utopías inaplazables: “Escribo porque tengo memoria y la cultivo escribiendo sobre los míos, sobre los habitantes marginales de mis mundos marginales, sobre mis utopías escarnecidas, sobre mis gloriosos compañeros y compañeras derrotados en mil batallas, y que siguen preparando los próximos combates sin miedo a las derrotas” (ídem:129).

 

3. Conclusiones
En una entrevista de 2014, Carlo Petrini antropólogo y activista de la asociación Slow Food le preguntó, ¿Qué es la felicidad para usted? Sepúlveda citó una fábula recién escrita, Historia de un caracol que descubrió la importancia de la lentitud (2013), cuyo tema principal es la lentitud. Hoy en día -afirmó- el augurio mayor para una subjetividad y un pueblo es cultivar la capacidad de no correr, mejor dicho, interrumpir marchas ciegas hacia proyecciones ideadas por el modelo neoliberal: tal vez, la virtud necesaria, ahora, es saber pararse y empezar a reflexionar, encontrar un ritmo propio con el propósito de concebir una idea genuina de desarrollo. Al respecto, Sepúlveda hizo un ejemplo tangible: la política de Pepe Mujica en Uruguay. De hecho, los uruguayenses decidieron encontrarse a sí mismos, bajando del tren del desarrollo capitalista que corre a cualquier precio y no es endógeno.

 

Chile siguió siendo su punto débil, dolía aún; pero también en este país de profundos contrastes es posible encontrar una idea de felicidad. Al respecto, contó de un viaje por el archipiélago de la Patagonia y cómo, a causa de una tempestad imprevista, se vio obligado a quedarse unas noches en la Isla Humos, tierra casi deshabitada (2013). Acá vivían familias de pescadores que se dedicaban a recoger cholgas, o sea, mejillones sabrosos, y algas marinas para su comida, cocinaban papas que cultivaban ellos mismos, y tejían la lana de sus ovejas para los inviernos inclementes. En el archipiélago, desde la dictadura de Pinochet, empresas transnacionales empezaron una explotación implacable de la flora y fauna marina, en particular implementaron la producción de salmón industrial. Los únicos que ganaron, fueron los dueños de las empresas que pronto habían dejado esos lugares, empobrecidos, para otros a conquistar. De hecho, la población no recibió beneficios, más bien fueron dañados: la economía de la comunidad, amable con la naturaleza, estaba golpeada por tal voracidad. Al narrar la experiencia, el escritor evidenció que los pescadores no se rindieron y siguieron cuidando cada elemento de la isla: las aguas del mar y los otros dones que el medio ambiente les entregaba a diario. En la pulpería de la isla, en la noche, algunos pescadores y Sepúlveda compartieron la bebida de los hermanos, se pasaron el mate, y entre un recuerdo compartido y una risa, construyeron una idea de felicidad: momentos vitales que se pueden tocar, pan sagrado para sueños futuros.


Notas

 

Bibliografia

  • Le monde diplomatique (2020), Últimos textos de Luis Sepúlveda en Le Monde Diplomatique. Santiago de Chile: Editorial Aún Creemos En Los Sueños.
  • Neruda, Pablo (1979), Confieso que he vivido. Barcelona: Editorial Argos Vergara.
  • Sepúlveda, Luis y Carlo Petrini (2014), Un’idea di felicità. Parma: Editorial Guanda; Cuneo: Editorial Slow Food.
  • Sepúlveda, Luis y Arpaia, Bruno (2007), Narrare, resistere. Conversazioni con Bruno Arpaia. Parma: Editorial Guanda.
  • Sepúlveda Luis (2002), Il generale e il giudice. Parma: Editorial Guanda.
  • Sepúlveda Luis (2006), Il potere dei sogni. Parma: Editorial Guanda.
  • Sepúlveda Luis (2008), Historias Marginales. Barcelona: Booket.

 

Fotografia

Como citar

Gallo, Francesca Paola Casmiro (2019), "Luis Sepúlveda", Mestras e Mestres do Mundo: Coragem e Sabedoria. Consultado a 21.01.22, em https://alice.ces.uc.pt/mestrxs/?id=27696&pag=23918&id_lingua=1&entry=36778. ISBN: 978-989-8847-08-9